3 de diciembre de 2002


Estimado Señor Presidente Vicente Fox :


Hace poco oficiales del gobierno confirmaron que los
planes siguen adelante para la construcción de una
presa con una cortina de 40 o 100 metros en el río
Usumacinta, en Boca del Cerro, cerca de Tenosique,
Tabasco, que suministraría un dos por ciento de las
necesidades del consumo de la energía eléctrica del
país.

Nosotros reconocemos la necesidad de ampliar la
capacidad eléctrica en la región, tanto para el
consumo doméstico como para el industrial, y como
requisito para un desarrollo económico sustentable.
No obstante, rechazamos la premisa de que esta meta
implique la destrucción de uno de los principales
recursos ecológicos y históricos a nivel mundial, que
es el río libre más grande e importante de
Centroamérica: el Usumacinta, el llamado Río de Monos.

En el primer milenio, el Usumacinta dio luz a una de
las civilizaciones más importantes del mundo: la Maya
Clásica. El comercio y la comunicación dependieron de
el para su florecimiento, y las fascinantes ciudades,
que luego fueron abandonadas, yacen por doquier a lo
largo de su cuenca.
Las inscripciones y el arte que fueron rescatadas
durante el último siglo han producido una serie de
descubrimientos en los últimos veinticinco años, que
nos han proporcionado una nueva visión de la historia
de esta importante cultura.

Ahora el Usumacinta actúa como la principal arteria de
una de las regiones de mayor vitalidad y de
importancia bio-cultural del planeta: la Selva
Lacandona, y los Altos de Chiapas y Guatemala. Ésta es
una región de montañas, cañones y bosques que conserva
todavía una gran importancia ecológica y cultural, a
pesar de los grandes cambios y conflictos en los
últimos cuarenta años. Muchos acontecimientos
geográficos, ecológicos e
históricos han contribuido al subdesarrollo y la
pobreza de la región.

Hoy en día sus habitantes, por naturaleza vigorosas y
productivos, no pueden evitar el efecto deprimente de
las caídas de los precios de sus productos, las cuales
han provocado protestas sociales.
En términos ecológicos, la importancia del Usumacinta
yace en una biodiversidad sin paralelo. Vertiendo
anualmente un enorme volumen de agua al Golfo sur de
México, el Usumacinta forma parte de un ecosistema
delicado del cual depende una de las flotas pescadoras
más grandes de México. En su delta se encuentra una de
las más ricas y diversas regiones pantanosas al sur de
los Everglades de la Florida: los Centlas, que son el
refugio de
muchos especies en peligro de extinción como son los
manatíes, cocodrilos y especies de aves migratorias.
La zona alta del Usumacinta forma un ecosistema único
en el cual se ha logrado mantener las especies de
cocodrilos, tortugas y peces, a pesar de existir
condiciones en su contra. Los bosques son el hábitat
de un alto porcentaje de las especies del país, como
son jaguares, tapires y guacamayas. Su entorno apenas
ha sido investigado.

Una presa en Boca del Cerro le robaría a la zona de
los Centlas las inundaciones anuales que son vitales
para el ecosistema, adelantando más la destrucción que
ya existe por la exploración de petróleo y la
deforestación en el área de la cuenca del río
Candelaria. Además, los tributarios del Usumacinta
transportan el sedimento proveniente de las zonas
agrícolas erosionadas cada año más por la
deforestación. Este sedimento, que el Usumacinta
deposita anualmente en los pantanos de los Centlas,
llenaría las reservas, afectando el volumen de agua
que pasa por las turbinas, causando efectos de
degradación y destrucción.

En 1980, el informe que analizó el primer programa
hidroeléctrico en el Usumacinta, determinó que la
piedra caliza porosa que forma el cañón del Boca del
Cerro era muy frágil para sostener una presa de
cortina alta.

En particular, en una región de terremotos y de
huracanes, una presa podría sufrir daños que
afectarían su potencial productivo. Grandes presas
inundarían una gran extensión de tierras, causando
evaporaciones descomunales y produciendo gases que
alterarían los ciclos climáticos. Estos problemas son
evidentes en presas en Oaxaca y Chiapas, y en
Guatemala
sobre el río Chixoy, como ha sido expuesto en el
informe de la Comisión Mundial de Presas.

Julio Acosta Rodríguez, de la Comisión Federal de
Electricidad (CFE) ha dicho que mientras los sitios
arqueológicos de Piedras Negras y Yaxchilán no se
afectarían (por el momento), decenas de sitios de
menor importancia serían inundados o reubicados. El
Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH),
ha cooperado con la CFE para identificar estos sitios,
que incluyen Chinikihá y muchos más. En Abu Simbel, en
el río Nilo, la reubicación del sitio resultó ser una
obra muy costosa y en algunos aspectos, desastrosa.
Desconectados de su geografía, monumentos
arqueológicos pierden parte de su significado y valor
de investigación.
La propuesta en pie, de la construcción de presas
sobre el Usumacinta, refleja tanto la frustración de
dos propuestas previas que hallaron fuerte oposición,
como el lento avance de desarrollo en el sueste de
México y Guatemala. Estas propuestas fueron desechadas
por razones económicas, ecológicas y culturales, que
no han cambiado. Hasta la fecha un estudio del impacto
en todas sus facetas no ha sido desarrollado ni
publicado.

En consecuencia, creemos que como el río Usumacinta
representa un recurso regional e internacional sin
paralelo, y su cauce es una reserva biológica e
histórica de incalculable valor, se debe proteger y
mantener en su estado natural sin la presencia de
presas o retenes artificiales, protegiendo así el
patrimonio cultural, biológico y agrícola de ésta zona
de importancia mundial.

México, Guatemala y la comunidad internacional deben
reunir los fondos necesarios para realizar estudios
acuáticos, geológicos, biológicos y arqueológicos,
para determinar el número y localización de sitios
arqueológicos; un censo de especies silvestres que
serían afectadas y poblaciones humanas que ocupan las
áreas afectadas; además investigaciones
para determinar los efectos de las presas en estos
sistemas en cada lugar propuesto para ser sitio de una
presa desde la década de los ochentas. Límites de
tiempo deben establecerse y los resultados hechos
públicos. El proceso debe ser transparente y abierto a
la inspección del público.

Ambas naciones deben cooperar en el desarrollo de
tecnología solar y geotermal, tanto en el sector
industrial como el doméstico, y en las formas
alternativas de generación hidroeléctrica menos
invasoras y de alta eficiencia. Éste debe convertirse
en prioridad en ambas naciones, y los fondos deben
llegar tanto del sector privado como del público. Un
plan ambicioso de manejo debe ser desarrollado e
implementado para su realización.

Planes para la creación de una reserva binacional que
pueda proteger el Usumacinta deberán empezar
inmediatamente, con la esperanza de que para el año
2006 el corredor ribereño sea establecido, abarcando
desde los tributarios de los ríos Pasión, Chixoy,
Ixcán y Lacantún hasta la desembocadura del Usumacinta
en Boca del Cerro, y uniendo la reserva de
Montes Azules, el Parque Nacional de la Sierra del
Lacandón y la Reserva de
la Biosfera Maya.

Este corredor volvería a ser la verdadera ruta maya
que en el tiempo clásico fue. En este corredor se
desarrollaría una red de senderos por tierra y agua,
campamentos, hoteles y posadas ecológicas, que darían
empleos a muchos de los habitantes (gerentes,
científicos, guías, académicos, artistas, artesanos,
guardias, e implementando técnicas de agricultura
orgánica de bajo impacto, y desarrollo sustentable.
Modelos reconocidos internacionalmente existen en
lugares como Laguna Miramar, y en Uaxactún, en el
Petén, y en el protocolo de conservación desarrollado
durante los últimos veinte años por varias
organizaciones no
gubernamentales trabajando con comunidades locales.
Esto no es una Disneylandia ecoturística como la que
mencionan los zapatistas, sino la oportunidad más
grande de desarrollo comunitario en la historia de
esta región. Para fomentar el uso recreativo del
Usumacinta, los dos países deben establecer una fuerza
de seguridad que patrulle el corredor y que proteja la
navegación privada y comercial legal del Usumacinta.

En un reportaje reciente en The New York Times, el
señor Acosta dice que él quiere ayudar a la región, no
dañarla. Creemos que la manera más apropiada de hacer
esto es creando en la cuenca del Usumacinta un modelo
de desarrollo que beneficie no sólo a los seres
humanos que habitan sus orillas, sino también a las
especies que comparten este ecosistema.
La importancia natural, cultural, y arqueológica del
Usumacinta la convierte en una región única en el
mundo. Con el conocimiento que ahora tenemos de la
región, no podemos concebir inundar el equivalente de
una tumba de Pakal de Palenque o la tumba de
Tutankamón. El patrimonio histórico de ambas naciones
no es tan grande como para permitir que por 500
megavatios, o el equivalente de dos por ciento de la
demanda de
Energía eléctrica de México, se pierda ese patrimonio
cultural para siempre.

Creemos que este gobierno no debe aplicar modelos
anticuados de desarrollo. Más bien debe dirigir su
ambición hacia nuevos modelos económicos y
tecnológicos. El Usumacinta es más que el agua que
corre en su canal, es la sangre vital de Mesoamérica,
y el lugar de origen de cultura y significado en el
hemisferio occidental. También, historicamente, es
mas duradero y trascendente para la vida y la cultura
que cualquier proyecto efímero de un gobierno aún más
efímero.